martes, 12 de febrero de 2013

Interpretar es también actuar

Cuando en clase de interpretación preguntábamos a la profesora qué hacer si el ponente canta, ríe, habla o cuenta un chiste malo imposible de traducir, ella siempre nos decía que somos profesionales de la interpretación, no artistas, y que hay ciertos límites que no tenemos por qué superar, puesto que además poco pueden ayudar a transmitir el mensaje original. No hay por qué cantar, ni por qué tratar de traducir un chiste cargado de sutilezas culturales. 

Pero como sucede con esta profesión, la interpretación a veces te abre puertas de mundos que ni siquiera sospechabas que existían y te pone en situaciones que jamás habrías esperado encontrarte. Esto me sucedió el domingo pasado (sí, domingo). Me habían llamado para acudir a la reunión nacional de una empresa de marketing multinivel; es decir, de estructura piramidal que basa sus ventas en las existencia de una cantidad ingente de distribuidores que venden sus productos entre sus familiares y conocidos cercanos. Mientras que en América se trata de una práctica muy extendida y con una larga tradición (el famoso "Avon llama a su puerta"), aquí está mucho menos arraigada. Mi labor era necesaria porque iban a contar con la presencia del Director de Ventas de la empresa, un estadounidense de esos que saben muy pero que muy bien cómo hablar en público y mantener el interés de los oyentes durante largo rato. 
Yo esperaba una reunión en petit comité, con un par de docenas de personas como mucho, pero cuál fue mi sorpresa cuando al abrir la puerta de la sala donde se celebraba dicha reunión me encontré con más de 2000 personas ávidas por escuchar lo que este señor venía a contarles. Huelga decir que casi me da un vahído allí mismo. Nunca antes había hablado delante de tanta gente.  
Este hombre subió al escenario y empezó a hablar cuando el ambiente ya estaba muy caldeado; la gente le jaleaba, le aplaudía, y él con su discurso emotivo y sin paradas, como una metralleta, ayudaba a caldear aún más el ambiente.  Hay que decir que como orador de masas era un 10. 

A mí me colocaron con un micrófono de pie junto al escenario, a unos 15 metros del orador. No disponía de auriculares; el sonido que yo oía era el mismo que escuchaba el resto de la sala: el que salía de los altavoces y, tras rebotar en las paredes de la sala y mezclarse con gritos y aplausos, llegaba a mis oídos. Tomar notas no era necesario; tenía que interpretar cada dos o tres frases; su voz pisaba el final de mi traducción para no dejar decaer el ambiente, así que yo tenía que ser tan metralleta como él y concisa (cosa harto difícil para mí). Y así 2 horas largas, con una pequeña parada. Labor agotadora. Aceleraba el ritmo del discurso aún más, se metía entre el público, y cuando alguna cosa no entendía yo y dudaba unos segundos sobre qué decir, el orador se giraba ansioso y repetía la frase. 
Es difícil interpretar así, sin red, cuando ni te puedes escudar en tu cabina, donde el oyente no sabe qué ha dicho el ponente en el idioma original, ni tampoco estás cerca del ponente (como suele suceder en la versión habitual de la consecutiva) para pedirle que repita esa última palabra que no has entendido. Yo había escuchado 10 o 12 vídeos del ponente a modo de preparación, pero la presencia del ruido ambiente y la distorsión del sonido que provoca el micrófono dificultaron sobremanera el trabajo. 

Aparte de las dificultades para entender el discurso del ponente, tenía que preocuparme por dotar a mi discurso de toda la carga dramática que llevaba el mensaje original. En clase nos decían que el oyente, en consecutiva, ya ha visto los gestos del orador y ha oído la entonación con la que ha emitido su discurso. Sin embargo, en esta ocasión, donde mis frases y las suyas se solapaban y el fin de su presencia era caldear el ambiente e infundir motivación y entusiasmo a los participantes, no me quedó otra (creo) que hablar con la misma pasión que lo hacía él; meterme en su personaje para, entre los dos, entretejer un mensaje bilingüe sin saltos y coherente, a pesar de que yo no comulgara con la mayoría de las cosas que se estaban diciendo. De todas maneras, meterme en el papel en esa ocasión fue lo más sencillo de toda la jornada, pues todo lo que me rodeaba me empujaba a hacerlo.
Toda una experiencia, la verdad, que me dejó exhausta pero encantada con esta profesión tan llena de sorpresas y por la sensación de "¡uff, prueba superada!".








miércoles, 6 de febrero de 2013

Enlazando y callando

Sí, hace mucho que no pasaba por este blog. Estar presente en el mundo virtual de las redes sociales exige mucho tiempo; es como el juego de mantener platos girando sobre el extremo de poste fino. Cada vez queremos añadir más redes (más platos), más formas de estar en contacto con la comunidad de intérpretes, traductores y clientes potenciales y, por ello, el esfuerzo que se requiere para que ningún plato se estampe contra el suelo es cada vez mayor. Pronto añadiré un nuevo plato al juego: una página profesional de Facebook; que Dios nos pille confesados.

También reconozco que cuanto más interpreto, más cuesta dar con nuevos temas para una entrada que consiga realmente mostrar a la gente que no conozca este mundo cómo es la trastienda de la interpretación.

Veamos si en esta entrada consigo plasmar un aspecto distinto de los anteriormente tratados. En la interpretación de ayer hasta el inicio fue distinto; en vez de requerir mis servicios una agencia de interpretación, fue una amiga traductora la que decidió confiar en mí y en mi supuesto buen hacer y ofrecerme una interpretación relacionada con su empresa que ella no podía abordar. Que alguien confíe en ti sin haberte visto nunca trabajar me llena de satisfacción y de agradecimiento, pero también me hace ser más consciente si cabe de que me juego el prestigio de dos profesionales, con lo que la obligación de estar a la altura era aún mayor. El tiempo disponible para dedicar a la investigación previa a la interpretación fue escaso, la documentación aportada llegó 3 horas antes de empezar...pero esos retos los acepto de buen grado como algo casi inherente a la profesión, por mucho que también salte de alegría cuando se da el caso de que una semana antes ya dispongo de todas las presentaciones que voy a tener que interpretar.

En este caso se trataba de una interpretación de enlace pura y dura: personal de una empresa británica dedicada al transporte pero relativamente nueva en el ámbito ferroviario venía a Madrid a conocer hasta el más mínimo detalle del funcionamiento de una empresa española que tiene la concesión de una importante línea ferroviaria urbana. El motivo: los británicos quieren licitar por una concesión similar en Londres, y necesitan conocer a la perfección las características concretas de este tipo de negocio. Tres británicos y tres españoles, de los cuales solo uno hablaba inglés. Mi labor: hacer de puente y transmitir preguntas, comentarios, sensaciones,...lograr que la comunicación fluya. En este caso la información previa era escasa; de hecho, me enteré del motivo de la visita in situ, con lo que hubo que improvisar bastante y combinar las labores de interpretación con las de comprensión y masticado de la información a gran velocidad.
Cuando un británico acude a una reunión normalmente no deja ni cinco minutos de cortesía ni diez minutos para hablar de fútbol y relajar el ambiente; en este caso se cumplió el tópico a la perfección. Durante 6 horas los británicos estuvieron fusilando (metafóricamente hablando) a los anfitriones a preguntas de todo tipo, que cubrían desde aspectos técnicos de la infraestructura, la gestión del personal, la composición de la empresa, la relación con las autoridades locales, el proceso de licitación que hubo, las encuestas de satisfacción de los clientes, las labores de mantenimiento que realizan en el taller, el sistema informático para gestionar los activos fijos y móviles...no dejaron palo sin tocar, con un grado de análisis a tiempo real que me dejó realmente sorprendida, logrando superar sin problemas las diferencias culturales que hay entre ambos países.


De las 6 horas, se dedicaron casi 2 a la comida en un restaurante de menú del día, abarrotado a esas horas por estar ubicado en una zona llena de oficinas. Tratar de entender a los contertulios con el ruido de fondo y, a la vez, llevarse algún pedazo de comida a la boca resultó imposible, así que hubo que dejar el caldito en un segundo plano y ver como la camarera se lo llevaba a la mitad por falta de tiempo para tomarlo, a pesar que un caldo no es precisamente una comida copiosa ni que requiera mucha masticación. Pero bueno, ya sabe uno a lo que va en estos casos. La comida no es una pausa sino, probablemente, el momento del día en el que más intercambio de información se produce. Y de todos modos, tampoco habría podido disfrutar de la fabada que eligieron mis compañeros de mesa por ser incompatible con el nivel de concentración que se requiere para estos menesteres.

Pero que todo lo anterior no se interprete como una queja; en absoluto. Esta modalidad de interpretación es la que más apasionante me resulta, pues dispones de las armas necesarias para asegurarte de que el mensaje se transmite con claridad. Mi labor es de traducción, síntesis e interpretación, haciendo preguntas adicionales a una de las partes para garantizar que he comprendido el mensaje que se desea transmitir hasta en los más mínimos detalles y conseguir transmitirlo de manera concisa y haciendo hincapié en los aspectos más fundamentales.

Hasta ahí todo perfecto; te sientes parte de un equipo, te empapas de información, de contexto, quieres que los visitantes puedan recabar toda la información que han venido a buscar, entiendes sus necesidades, y entiendes también la posición de los anfitriones, detectando aquellos temas en los que, por la razón que sea, no les interesa profundizar.  En ese marco de "total inmersión" en el que me encontraba, se empezó a hablar de los precios del transporte en Madrid. En la mesa había representantes de una conocida empresa  de transporte, y yo me moría de ganas de dar mi opinión y explicar a los visitantes las razones por las que muchos madrileños están descontentos con el precio de los billetes o abonos. Creo que habría ayudado mucho a la comprensión del tema el dar algunos datos estadísticos, pero cuando se me estaban escapando de la lengua logré recular y recordar que yo estaba allí para enlazar,... no para opinar. Así que a callar toca. Frustrante a veces, cuando uno está tan a gusto nadando entre los extremos de una conversación apasionante...¡pero esta es la profesión que he elegido! No hay lugar para quejas; profesionalidad ante todo.


domingo, 21 de octubre de 2012

Multilingüismo

Ayer me tocó una de esas interpretaciones que me encantan: modalidad consecutiva, pero rayando casi en la de interpretación de enlace e intermediación cultural. Se trataba de un curso dirigido a odontólogos sobre el uso de materiales de relleno para intervenciones faciales de tipo estético. Vamos, para lograr un contorno de labios más definido, unos labios más voluminosos o para quitar esas arrugitas y esos surcos que a todos nos van saliendo la edad. Un mundo que yo desconocía completamente y que me obligó a ponerme al día como una loca. Me encanta tener la posibilidad en cada interpretación de abrir una ventana que ni siquiera sabía que existía y asomarme a un mundo nuevo. El curso tenía un carácter eminentemente práctico y para él se contaba con la presencia de un prestigioso cirujano plástico venido de tierras alemanas, y perteneciente a una de esas generaciones que estudiaron francés en el colegio y en la universidad, probablemente. Mi labor era interpretar la ponencia teórica inicial y, a continuación, sumergirme en una de las salas de tratamiento con las que contaba el centro, donde el cirujano procedería a aplicar las distintas técnicas aplicadas en una quincena de pacientes aportados por los asistentes al evento. Total, más de seis horas de pie yo sola, con un descanso de 10 minutos nada más. El consejo de Aida González (intérprete y profesora mía de interpretación) de llevar zapatos cómodos y chaquetas con bolsillos para meter el micro adquirió aquí su verdadera dimensión.

Cuando el doctor intervenía a un paciente, el profesional que lo había traído necesitaba de una comunicación fluida con el doctor durante el tiempo que duraba la intervención, para poder solventar cualquier duda que tuviera, y porque él también participaba en la intervención con las manos (la aguja) en la masa. La mayoría de los asistentes entendían algo de inglés aunque no lo hablaran, pero en uno de los casos el odontólogo en cuestión me dijo literalmente: "Yo, de inglés, muy malamente, Esther, necesito toda tu ayuda". Tras el primer intercambio de frases al asistente en cuestión se le escapó sin querer un "oui" (francés) cuando quería responder "yes"(inglés), y ahí el ponente (el cirujano alemán) vio el cielo abierto, "Ah! Très bien, si vous parlez français moi aussi; en fait, c'est plus facile pour moi...." y sin previo aviso deja el inglés de lado y pasa a explicar todo en francés, idioma que comprendía un asistente pero que dejó a los 20 restantes completamente ojipláticos.

Evidentemente a mí me habían contratado para interpretar del inglés al español y viceversa; evidentemente podría haberme quejado porque esta nueva situación se salía del contrato; pensé muy rápido y esta es la conclusión a la que llegué: el organizador del curso no se está quejando porque el ponente haya cambiado de idioma, y él había insistido en que lo primordial era que la comunicación fluyera entre ponente y asistentes. Yo entiendo y hablo francés con la suficiente confianza como para superar un reto así, que tenía poco contenido técnico, todo hay que decirlo.  Delante de mí tengo unos cuantos clientes potenciales (esta vez no había agencia de por medio) que seguro que iban a considerar que era un plus que también hablara francés. Así que ahí que me lancé, y salió bien.


Está claro que acepté el cambio porque el cúmulo de circunstancias era especial: público limitado, discurso lento y repetitivo, ponente cercano físicamente (lo que me permitía preguntarle sin problema en caso de que algo que no lo hubiera entendido al 100%) y ambiente distendido. Si hubiese sido interpretación simultánea, un entorno más formal, un tema más complejo o una situación más crispada habría dicho que si el ponente no hablaba en el idioma acordado yo no interpretaba, pero en esta situación me pareció oportuno liarme la manta a la cabeza.
¿Qué opináis vosotros del tema?

Cuando me decían intérpretes en activo que la profesión nunca deja de depararte sorpresas, ¡qué razón tenían, madre mía!

domingo, 17 de junio de 2012

Horas muertas

A veces cuando interpreto me recuerdo a mí misma a esos actores que cuentan que para rodar una secuencia de media hora se tiran todo el día en el set de rodaje esperando, dejando pasar el tiempo, maquillándose y volviendo a esperar. Algo así me sucedió el lunes pasado (menos lo del maquillaje, claro). Interpretación en un hospital de esos nuevos y deslumbrantes de la Comunidad de Madrid. Jornadas de temática económica y de gestión, tan típicos de esta coyuntura económica que nos está tocando vivir. Como suele suceder, viene un ponente extranjero y el resto son españoles, con lo que toca interpretar todo al inglés menos la ponencia del extranjero. Solicitamos a la agencia información. Nada. No hay respuesta. La agencia nos dice que hablemos directamente con el cliente, otro eslabón intermedio en esta eterna cadena que parece ser la organización de eventos corporativos. Nada, imposible. El día anterior a la celebración del evento nos sugiere que, aunque las jornadas son de 4 a 7 de la tarde (ergo nos pagan media jornada), que por qué no vamos allí a última hora de la mañana (a la 1 del mediodía) porque, como seguro que los ponentes se acercan por allí a probar el equipo audiovisual, poder tener las ponencias aunque sea con un par de horas de antelación. Tener las ponencias con 2 horas de antelación ayuda más bien poco, pero menos da una piedra, así que allí que nos dirigimos mi compañera de cabina y yo transporte público mediante. Total: que hemos salido a las 12 de casa y llegamos a las 8:30 de vuelta para una interpretación que empieza a las 4 y que dura 3 horas.
¿Quién dijo que la hora de intérprete está requetefenomenalmente bien pagada?

La cosa es que llegamos allí a la 1 y gracias a un cambio de planes de "última hora" nos comunican que allí no va a llegar ni el Tato hasta las 4 pm. Genial. Horas muertas por delante. Pero bueno, las horas nunca son muertas del todo si tratas de sacar el máximo partido de ellas. No hicimos sudokus ni hicimos una tablita de yoga, sino que alternamos trabajo pendiente de traducción con una comida con los organizadores, que nos sirvió para charlar con ellos de manera relajada y afianzar la relación profesional, cosa harto importante (cada día me doy más cuenta de ello) en esta profesión de intérprete autónoma.

8 horas fuera de casa por un salario de media jornada, pero yo siempre trato de ver lo positivo de cualquier situación, y creo que en este caso todos ganamos mucho, aunque no fuera en euros contantes y sonantes.

sábado, 16 de junio de 2012

Ponentes patrios

Cualquiera que me haya preguntado que cuál es el peor acento a la hora de interpretar, yo siempre digo lo mismo: que, globalmente hablando, el peor ponente es el producto nacional. Interpretar al inglés ya es de por sí un reto, puesto que el vocabulario con el que jugamos no es tan amplio como en nuestro propio idioma, y cuando el tiempo apremia siempre cuesta algo más encontrar la palabra precisa o la expresión que mejor encaja. Pero es que los ponentes patrios suelen venir, en muchos casos, con características adicionales que ellos justifican como si viniesen de serie. Y un claro ejemplo de este tipo de ponentes me encontré yo el miércoles pasado. Os pondré en antecedentes: Consejero Delegado de una gran empresa española con sedes repartidas por medio mundo. La empresa celebra su Reunión Anual en Madrid, y el primer acto es una charla de bienvenida de dicho CEO para todos los jefazos nacionales y venidos allende los mares. Muchos de ellos americanos que no hablan ni papa de español. Va a ser una consecutiva pero, 2 horas antes de empezar y habiendo salido yo ya de casa, me cambian el guión y me dicen que me van a meter en cabina. Para entonces yo ya llevaba 3 días pidiendo información sobre el tipo de ponencia que va a ser, pero nadie suelta prenda. Así que lo único que me queda es empollarme la web de la empresa, que tiene el decoro de ser bilingüe. Algo es algo. Llego al evento con 1h de antelación para probar micros y tratar de recabar algún dato in situ, pero lo único que obtengo es un "tú no te preocupes, que no se va a meter en cifras, va a ser una bienvenida general, nada formal y relajada". Pero la menda no se fía ni un pelo. El protagonista del acto aparece por allí bastante pronto, mucha gente le requiere y sigue sin querer decir de qué va a hablar. Parece que no quiere renunciar al efecto sorpresa de sus palabras y prefiere eso aun arriesgándose a que su mensaje no llegue en perfectas condiciones a sus colegas estadounidenses. Trato de acercarme yo al CEO y me presento como su intéprete, a ver si cuela y me cuenta algo. Y sí, estas son sus palabras textuales: "pues creo que no voy a ponerle la vida nada fácil, porque yo suelo hablar muy rápido cuando voy con el discurso sin preparar". Ante estos casos siempre me pregunto: ¿realmente hablar rápido es algo tan inherente a la persona que, a pesar de tener la cabina y a su habitante a 5 palmos de tus narices, eres incapaz de pisar el freno por tu propio bien? Muy típico del producto nacional: "Yo hablo rápido, pero ahí no hay nada que hacer". Y muy típico también el improvisar el discurso, sin papeles y, lo que es peor, sin hilo conductor, que es lo que apuñala al intérprete. ¿Quién nos ha dicho que estructurar, preparar, ensayar y hasta memorizar una ponencia le quita carisma al discurso? ¡No le quita carisma, sólo le añade cosas buenas! Se transmiten mejor los mensajes clave, se hace más ameno y fácil de seguir, y se suele ser más conciso. El epílogo de esta historia es que el CEO fue conciso porque iba bien adoctrinado (menos mal, porque en otras ocasiones alargó los 20 min de rigor hasta 1h 30 min de discurso y yo estaba sola en cabina), lo del hilo conductor no se le daba del todo mal, la velocidad fue menor de la esperada (el entorno paradisiaco, entre jardines y con una fuente enorme a sus espaldas debió de ayudar a atemperar el ánimo), pero la conferencia fue, como cabía esperar, financiera en toda regla; una descripción de la cuenta de resultados de la empresa y la estrategia que seguirán en el futuro, llena de apalancamientos, EBITDA, desinversiones, volumen de negocio y deudas a mansalva. Menos mal que tras empollarme este estupendo libro sobre fundamentos del análisis financiero (primero te explica el concepto, luego te enseña el palabro correspondiente) ya no estoy tan rematadamente pez en esos temas como hace 1 año...pero aún así, tener un breve esquema de partida habría mejorado las cosas notablemente.
Y la moraleja: ¿Realmente es tan difícil ver que ayudar al intérprete es ayudar a que tu mensaje le llegue nítido y sin taras a la audiencia?

Biduleando en la gran urbe

La interpretación de hoy iba a ser en consecutiva, en principio, pero estoy de acuerdo con que este formato no encaja del todo bien cuando el objetivo del discurso es llenar de energía y entusiasmo y de ganas de trabajar a los asistentes, como era el caso. Una gran empresa en su reunión anual, y hoy era el turno de las actividades con un cierto carácter lúdico para potenciar el espíritu de grupo. Así que cuando me llamó la agencia para notificarme del cambio de formato (de consecutiva a simultánea) no me sorprendió demasiado. Lo que sí me sorprendió fue saber que la simultánea se iba a hacer, por simplicidad, sin cabina, y que iban a recurrir al famoso maletín de Infoport/Bidule del que tanto había oído hablar y que tuve la suerte de probar en la ponencia magistral que impartió Clara Guelbenzu en el marco de las Jornadas celebradas en Sampere el pasado abril. Así que cuando me preguntaron si lo había utilizado en alguna ocasión, tuve la suerte de poder decir que sí. De todas formas, los primerizos han de saber que es un sistema sencillo de utilizar (¡por eso recurren a él, claro!).
Aquí os muestro una foto del sistema que utilicé yo:

Al igual que en la simultánea, cada asistente tiene unos auriculares con un receptor incorporado, un control de volumen y un selector de canal.  El intérprete cuenta con un micrófono formato "diadema" y un emisor del tamaño de una cajetilla de tabaco (el dispositivo que aparece a la derecha de la foto) con el que "se envía" a los asistentes el discurso interpretado. En este caso el ponente hablaba con un micrófono conectado a uno potentes altavoces, con lo que yo tenía que escuchar el sonido ambiente e intrepretarlo simultáneamente, sin disponer de barrera alguna entre lo que oía y lo que hablaba (es decir, en este caso no disponía de auriculares). El sonido me llegaba sin problemas, pero el tener que desvincular el discurso oído de mi propio discurso cierto es que requiere una dosis triple de concentración, como cuando uno trata de interpretar al locutor de televisión.  Menos mal que el ambiente era relajado y el ritmo del ponente no era muy rápido, con lo que pude realizar mi labor sin grandes dificultades.
La experiencia fue estupenda: como suele suceder, tuve que llegar con mucha antelación para probar el sistema (calidad del sonido, alcance de la señal), pero el no estar en cabina tiene muchas ventajas:

  • ¡No te cueces! (Algo especialmente habitual si interpretas al aire libre y en verano)
  • Andando se piensa mejor (por lo menos a mí me pasa)
  • Hay más contacto con el resto de integrantes del equipo de organización del evento, y en este caso eran muchas. Y las relaciones sociales son, me he dado cuenta, una parte vital de esta profesión, a la par de la interpretación propiamente dicha.
  • Puedes buscar tú misma la mejor ubicación para ver y oír bien al ponente. Esto puede convertirse en un problema en ciertos trabajo de campo, lo sé, pero en este caso concreto jugó a mi favor.
La verdad es que yo no me había imaginado a mí misma utilizando el maletín de Infoport/Bidule en la gran urbe, a espaldas del Bernabeu, con el tráfico de la Castellana a mi vera, sino en trabajos de campo tales como una visita a unas instalaciones agropecuarias, a una fábrica, un paseo rural... pero tras la sorpresa inicial me voy con buen sabor de boca y con ganas de repetir. 

sábado, 12 de mayo de 2012

Un esfuerzo recompensado (o casi)

Otra vez de vuelta a la cabina, esta vez en un "marco incomparable" de esos: el Casino de Madrid. La parte negativa de estos sitios con tanta escalinata y tan elegantes es que hay ocasiones (como fue el caso) en las que la lámpara de araña, una de esas de 2x!0^5 critalitos refulgentes queda entre el público/los intérpretes y la pantalla donde se proyectan las diapositivas. Menos mal que teníamos todas las ponencias en nuestro ordenador y no hubo mayor problema.
En esta ocasión se trataba de unas jornadas sobre medicina; las más especializadas en las que he participado hasta ahora. El cliente final era una farmacéutica de las gordas gordísimas, y para nuestra sorpresa nos llamaron a las intérpretes para que fuéramos una semana antes a sus oficinas, donde nos explicaron con detalle el tema sobre el que versaban las jornadas; los fármacos de la competencia, los temas en los que seguramente se centrarían los ponentes, las palabras clave que se emplearían...un gusto. Ahí fue donde se empezó a labrar el éxito de la interpretación.

A partir de ahí, y forradas de información e incluso llevándonos alguna de las ponencias de las jornadas (¡vaya lujo!) volvimos a casa y empezó la labor de rata de biblioteca... más de dos días enteros adicionales dedicados exclusivamente a prepararnos las jornadas. Mi compañera de cabina N. y yo formamos un equipo estupendo, nos repartimos las ponencias, compartimos glosarios, dudas y comunicación con el cliente. Es un gusto sentir que formas parte de un equipo, que ninguna trata de demostrar ser más que la otra, sino que los puntos débiles de una se complementan con los puntos fuertes de la otra y que hay buen rollo a la hora de apuntar a la otra cuando se equivoca o echarle una mano cuando ya no puede más. ¡Un gustazo! Me encantaría volver a trabajar con ella (y ella lo sabe porque se lo dije expresamente).

La jornada, para variar, empezó con sorpresas. El único ponente extranjero, y a la sazón el "dios" de su campo anunció que no acudía a las jornadas por problemas de salud pero que se levantaría a las 5 de la mañana hora local para impartir su charla vía telefónica. ¡Horror! ¿Y qué calidad va a tener el sonido así, nos preguntábamos? Los técnicos de sonido hicieron un trabajo impecable, instalando un sistema de sonido telefónico conectado a la centralita del Casino. Le llamaron, a su casa, y él empezó a hablar, indicando cada vez que había que pasar de diapositiva. Nosotras interpretamos su charla y las preguntas del público y todo salió a pedir de boca. Hay que decir que, aprovechando que nos pidieron a nosotras que habláramos con él antes de la charla y le explicásemos cómo iba a funcionar el invento, aprovechamos para pedirle que hablara despacio y claro, para compensar la menor calidad del sonido. ¡A la ocasión la pintan calva! Y todos quedaron contentos.

Tras la ponencia del americano vinieron muchas impartidas por españoles, que hubo también que interpretar para el único inglés que había en la sala. Cuando el inglés se fue decidimos seguir interpretando a modo de "práctica remunerada", pero tuvimos que parar al cuarto "golpecito" en el cristal de la cabina porque la gente no podía entender que estuviéramos trabajando para la pared.

La jornada acabó con enhorabuenas y felicitaciones...la mejor recompensa al esfuerzo realizado. Bueno, la mejor recompensa sería eso más una tarifa por parte de la agencia acorde a la dificultad del tema y al tiempo dedicado; desde luego que con lo que he cobrado por 4 días de dedicación me sale mucho más a cuenta quedarme en mi rincón traduciendo (¡para que luego digan que los intérpretes se forran!), pero el subidón posinterpretación no tiene parangón....

Por cierto, qué pena da escuchar comentarios como este, más aún viniendo de una de las jerifaltas de la empresa farmacéutica: "¡Ah! ¿Pero habéis estudiado sobre el tema de las jornadas en cuestión antes de venir aquí?".